Por Emilio Alejandro Rufail
Desde la caída de la Unión Soviética, Rusia como su heredera ha intentado infructuosamente ocupar el sitio dejado vacante por la antigua superpotencia.
Aunque posee un poder militar considerable, hoy su mayor arma es el poder de veto que mantiene en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, privilegio que posee por ser uno de los cinco miembros permanentes del mencionado Consejo, y que al igual que el resto de los miembros utiliza muchas veces por razones muy diferentes a conservar la paz y seguridad internacionales.
Un Consejo que necesita de una reforma urgente para adecuarlo a la realidad actual de la comunidad internacional, muy diferente a las circunstancias en las cuales la Organización de las Naciones Unidas nació.
Rusia ha utilizado dicho veto para impedir que el Consejo de Seguridad adoptara medidas concretas contra Siria por las acciones de su Gobierno contra la población civil, no porque le importe la suerte de los ciudadanos siros, sino como parte de una estrategia para recuperar un papel preponderante a nivel internacional –en este caso oponerse a las postura de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña-, y en particular en la región del Medio Oriente, considerada de vital importancia por Moscú, por su proximidad, por los recursos que dispone y porque todo lo que suceda allí tendría seguramente alguna repercusión en la Federación Rusa o en algunos de sus vecinos de Asia Central.
Su posición es compartida por China, pero sus motivos son diferentes. Beijing se opone porque considera los acontecimientos en Siria como de índole interna y una intervención en ese tipo de asuntos sentaría otro antecedente que en el futuro podría ser utilizado para intervenir en algunos de los problemas internos chinos, como las acciones contra los uigures -turcomanos de fe islámica-, o respecto del Tíbet.
Una postura similar mantiene Rusia respecto de Irán y su plan nuclear. Moscú no comparte con Occidente e Israel su preocupación por los indicios que Teherán estaría buscando producir armas nucleares, afirmando que buscan derribar el Gobierno de Ahmadinejad con la excusa de la no proliferación. Algunas fuentes de prensa han reproducido un informe de la CIA en el cual se estima que Irán está muy lejos de poseer armas nucleares. Moscú construyó en Busheir, al sudoeste de Irán, cerca del Golfo Pérsico la primera planta nuclear iraní.
Rusia conoce el valor de las armas nucleares, las cuales le han permitido conservar hasta el presente su membrecía como miembro permanente del Consejo de Seguridad y el privilegio que significa tener derecho a veto.
Este modo de construir poder es el reflejo de la propia política interna de Rusia donde Vladimir Putin aspira una vez más a convertirse en el Presidente de la Federación apelando a un nacionalismo exacerbado. El único motivo de este accionar es perpetuarse en ese cargo, ya que el poder siempre ha estado en sus manos, aún cuando formalmente la presidencia en el actual mandato sea ejercida por Dmitri Medvédev.
El ansia de poder es tal que no se duda en usar todos los recursos del Estado para obstaculizar la intención de los opositores por presentarse a las elecciones, acciones que no sólo suceden en la actualidad, sino que también han sido utilizadas en el pasado. En este marco las acciones en política exterior también se subordinan a esos objetivos.
Lo que sucede en Rusia no parece muy distante de nuestra realidad latinoamericana donde muchos de los mandatarios de la región buscan mantenerse en el poder con reelecciones, incluso indefinidas, bajo el argumento que ellos son los únicos dirigentes con la capacidad de gestionar exitosamente los asuntos de sus países, minimizando el rol de la oposición, considerando que cuando tuvieron la oportunidad de gobernar crearon más problemas de aquellos que lograron solucionar.
En esta carrera por ocupar una posición de liderazgo en el escenario internacional, Rusia ha cedido mucho terreo –Estados Unidos y sus aliados también-, circunstancia que ha sido aprovechada por China, que parece ser la potencia en mejores condiciones para erigirse en una potencia mundial, no sólo en el ámbito comercial sino también en los asuntos políticos y militares.
El gran desafío de Rusia es construir un liderazgo democrático real, que será el gran paso que le permitirá recobrar prestigio y un lugar de importancia en el ámbito internacional.
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El artículo fue publicado en Carolina Quintana Medios Digitales el día 28 de febrero de 2012.
